Proyectos de investigación

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La epistemología de las ciencias sociales en el joven Horkheimer (la década del ´30).

Según Fritz Ringer(1), el surgimiento de la sociología en Alemania a comienzos del siglo XX estuvo signado por dos actitudes básicas que polarizaron a las ciencias sociales frente a la acelerada modernización capitalista: la actitud “ortodoxa”, reactiva a adaptación de la Wissenschaft filosófica, a las nuevas normas naturalistas de cientificidad, y la actitud de los “modernistas” que intentaron establecer una teoría social que respondiera a las exigencias del conocimiento de una Alemania irreversiblemente industrializada y moderna. Estas actitudes epistemológicas diferenciadas se correspondían, según el autor, con opciones relativas a la valoración del conjunto de transformaciones que implicaron la definitiva decadencia de los resabios feudales y aristocráticos hacia fines del S. XIX, y conllevaron enfrentamientos políticos en el seno de la comunidad académica que determinaron un clima cultural polémico respecto de los “métodos” y los conceptos de las ciencias sociales.

En este panorama intelectual cuyos extremos esquemáticos podríamos mencionar bajo la tradicional nomenclatura de “Geisteswissenchaften” y “Naturawissenschaften”, se conformó el proyecto de “investigación social” que caracterizó, en los comienzos de la dirección de Horkheimer, al Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Los antecedentes de este tipo de investigación, que combinaba la sociología, el psicoanálisis y la filosofía, deben buscarse en el seno de la producción teórica alemana precedente, cotejando críticamente las alternativas que Horkheimer incorporó a partir de las ciencias sociales de la época y de aquellas frente a las cuales tomó explícitamente distancia. La investigación social empírica fue llevada a cabo por aquellos intelectuales que concibieron que era imposible una vuelta atrás contra el desarrollo modernizador, y en todo caso, al lado de otros métodos -la comprensión (Verstehen) en el caso de Weber, la “explicación” (Verstand)- , en el caso del propio Horkheimer, adoptaron formas de investigación empírica cuantitativa. La anexión de la lectura psicoanalítica de los resultados de las investigaciones, y la interpretación filosófica del sentido de las mismas, confieren al enfoque de Horkheimer el aspecto diferenciador frente a esta amplia tradición de las ciencias sociales de la época, que puede ubicarse, siguiendo a Ringer, como contraria a la “ortodoxia” de los defensores del “Geist” precapitalista, es decir, como “modernista” en un sentido crítico. El objetivo es determinar el sentido epocal del proyecto horkheimeriano estableciendo contrataciones con su contexto intelectual. La forma de desarrollo del tema escogido estará determinada por la lectura crítica de los autores involucrados y por las formas interpretativas de la hermenéutica filosófica.

(1) Ringer, Fritz: El ocaso de los mandarines alemanes. La comunidad académica alemana 1890-1933. Ediciones Pomares-Corredor, Barcelona, 1995.

Integrantes:

Laura Sotelo (Directora); Carina Mengo (Co-directora); Hernán Aliani, Gabriel Cori, Luciana Mir, Héctor A. Piccoli, Lucio Piccoli.

Lenguaje, sujeto y política.

Para una actualización de la teoría crítica

Una de las claves de los desarrollos en ciencias sociales y en filosofía que se han producido en los últimos 30 años, podrían designarse bajo la rúbrica de “textualismo”. Bajo tal expresión suele denominarse el intento de colocar las ciencias y la filosofía como otras tantas manifestaciones del lenguaje, al cual se coloca como paradigma, sino de cientificidad, de aquilatada credibilidad conceptual y buen tono intelectual. Como parte del giro lingüístico en que se inscribe, el textualismo ha abarcado un conjunto de nociones que, en su heterogeneidad ineludible, permite la convocatoria de nomenclaturas de propagación difusa, que derivan de las de “juegos del lenguaje” de Wittgenstein, de “discurso” de Foucault, de la de “narrativa” de Hayden White, de la “escritura” derridiana, y de la serie de apropiaciones por parte de Laclau, Badiou, y aún Žižek, del problema de la “nominación”, de segura raigambre lacaniana. La mayor parte de estos desarrollos, aunque no todos –Badiou y Žižek son difícilmente ubicables en tales  términos– han surgido como corolarios del estructuralismo y el posestructuralismo francés, y en ellos subyace cierta concepción respecto de la lengua y la literatura, que en sus diferencias irreductibles, guardan la afinidad de un “parecido de familia”. Evidentemente, el inicio de las concepciones a las que queremos referirnos, tienen uno de sus orígenes en la lingüística de Ferdinand De Saussure, pero en la mayor parte de los casos, bajo la influencia de la “lingüistería” lacaniana, han traspasado el plano de sus nociones fundamentales, en una exaltación de uno de los polos del signo lingüístico –el significante– y en la subalternación del otro –el significado–. Sin embargo, lo que ha sido una dominante en casi todas las versiones del “textualismo”, estructuralista o posestructuralista, es el olvido del referente del signo lingüístico, al que se ha situado más allá del plano de la representación, la simbolización, o bien simplemente como un mito, frente al cual se hacía evidente la independencia de la lengua, del texto, del discurso, el nombre o el símbolo. La arbitraria relación entre significante y significado, postulada por Saussure, pronto se desplazó hacia la convicción de una total independencia a-problemática de los signos respecto de sus referentes objetivos, mediante estrategias de persuasión filosófica que insistieron en el combate del “esencialismo”, el “objetivismo” y la “metafísica de la presencia”. Esto condujo a un relativismo sin detención agotable, que inclusive privó no sólo a la filosofía y a las ciencias sociales, sino a la propia literatura, de coordenadas de autocomprensión epocal, contextual, en definitiva, histórico-objetivas.

El interés de este proyecto consiste en la revisión de los presupuestos lingüísticos, filosóficos y epistemológicos que atraviesan el conjunto de las expresiones de “textualismo” aquí mencionadas, a los fines de establecer pautas de juicio crítico que permitan una toma de conciencia deliberativa y antidogmática, respecto del pasado intelectual con que debe enfrentarse la actualización de la teoría crítica. .

Integrantes:

Héctor Piccoli (Director), Laura Sotelo (Co-directora), Carina Mengo, Julia Expósito, Luciana Mir, Noelia Figueroa.

Poesía y poética de la contemporaneidad

A través de los siglos, tanto ha intentado la poesía aprehenderse a sí misma –esto es, autodefinirse– cuanto ha sido objeto de innumerables tentativas de caracterización por parte de disciplinas colaterales: filosofía, poética y gramática (desde la Antigüedad), estética y filología (a partir del siglo XVIII), lingüística y modernas ciencias del lenguaje (a partir del XX). Si se reflexiona sobre un arte, o, más precisamente, sobre sus elementos constitutivos, ha de procederse, a partir de un mero inventario y en un grado de exigencia creciente, a una prueba de exclusión, para determinar cuál de esos elementos le es inherente, es decir, de cuál no puede prescindir, sin dejar de ser lo que es. Al preguntar, por ejemplo, cuál es el elemento en verdad constitutivo del teatro, qué constituye la esencia de una obra dramática, podrá pensarse en principio en la trama, en el texto de la obra, en la escenografía, en los efectos de luz y sonido, etc., pero pronto se comprobará que todos ellos son prescindibles, aún la palabra –como lo muestran numerosas experiencias teatrales del siglo XX–, no así la existencia de personajes que participen de una acción sobre un escenario –aunque sea éste ‹virtual›, en tanto «escenario interior» (Wickert) del oyente o (tal vez mejor) simplemente acústico, como en el caso extremo del Hörspiel (pieza radiofónica)–. Del mismo modo, lo que gravita de un modo determinante en la prosa es siempre el rasgo diegético, la narración de una historia. Esto es así aun a contrario: por ejemplo, allí donde el relato se remansa en descripción (lugares del relato ‹clásico› de alto valor connotativo, pero que apuntan en última instancia a la diégesis) o insiste en negarse, en ausentarse sumergiéndose en la morosidad de un puntillismo descriptivo, cuya tensión crece precisamente en la medida en que persevera en negar el acontecimiento (‹nouveau roman›), o simplemente se complica, enrarece y prolifera mediante una amplia gama de procedimientos (monólogo interior, corriente de conciencia, etc.) Puede el narrador prodigar metáforas (elemento connatural de la poesía) y labrar aquí y allá su relato con diversas figuras de dicción: no por eso estará el conjunto menos subordinado a las leyes sintáctico-discursivas que rigen el despliegue de una historia.
No otra cosa ocurre con la poesía –la poesía por antonomasia, la lírica, se entiende–: aunque un poema contenga elementos narrativos, nunca serán éstos los determinantes de su calidad de poema, sino que estarán cumpliendo otra función. De lo que nunca habrá de prescindir el poema –so pena de dejar de serlo – es de una vocación reveladora, operada por la metáfora, y del ensimismamiento de una palabra labrada según principios de recurrencia (válidos para todos los factores concernientes al cuerpo sonoro del verso: desde la aliteración al ritmo).

Integrantes:

Héctor A. Piccoli (Director) Claudio J. Sguro (Codirector), Hernán Aliani, Laura Sotelo.